miércoles, 14 de septiembre de 2011

Monologo: Las ferreterías

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Para alegrar la mañana… :-D


Cualquiera que haya visitado una ferretería, sobre todo un sábado por la mañana, sabrá que no existe un solo comercio en el que la gestión de clientes sea más lenta. O sea: uno entra en un quiosco y ve que hay dos tipos delante, esperando para ser atendidos. Y piensas: en dos minutos cuarenta y tres segundos, estoy leyendo mi periódico. En la ferretería esos mismos dos tipos son más de cuarenta minutos, y eso dándose bien. Tardas en darte cuenta de por qué, pero al final caes.

En primer lugar: nunca hay tías. Las mujeres sobran en las ferreterías y cuando entran, a esas sí, las despachan echando leches. La mujer entra, pone cara de boba, abre la mano dentro de la cual lleva una pieza de metal con pinta de rota y dice: "Mi aire acondicionado ha dejado de funcionar y al lado, en el suelo, encontré esto". El dependiente coge la pieza, la remira, hace un diagnóstico mental rápido y desaparece en la trastienda. Tarda menos de tres minutos en volver con una bolsita dentro de la cual hay una pieza gemela de la rota, se la entrega a la señora y dice: son cuatro euros cincuenta y siete. Una tía menos. Regresamos al androceo.

Tú eres el tercero de la cola ahora. Llevas un cebador de tubo fluorescente en la mano, porque sospechas que es lo que se ha escacharrado en tu cocina. Lo sospechas porque ayer compraste tubos nuevos y tampoco funcionan. Para cualquiera de los parroquianos de la ferretería esos datos son evidencias. Para ti son meras sospechas. Y pronto empezarás a pagar por tanta estulticia.

El tipo que está el primero tiene toda la pinta de saber perfectamente lo que quiere. Cuando el dependiente le da la palabra, informa con aplomo:

- Quiero un perno Walter del siete.

Tú piensas: si ha encontrado con tanta facilidad la pieza de la señora del acondicionador, no tendrá problema en encontrar el perno Walter del siete. Confías en el dependiente y piensas que ese cliente va a ser cosa de visto y no visto. Pero no cuentas con el debate. Todo dependiente de ferretería siempre tiende a debatir con el cliente en relación directamente proporcional a los conocimientos que éste demuestra. Así que la cosa se tuerce:

- ¿Para?

- Tengo una humedad en la tubería del baño. El fleje romboidal con tomatierra está a punto de partirse. Así que necesito el perno para horzar la remasilla y así apretar la cañería al bisremache.

- No vas a poder -sentencia el dependiente, que mira al mostrador y dice que no con la cabeza como si estuviese informando de la sorpresiva muerte de un hijo menor-. El perno Walter no tiene el rebaje para que enganche bien el triclúster.

- Lo lijo -protesta el cliente, casi con malos modos. Pero en caso alguno dice que lo que uno cree que podría decir: "Tú dame el puto perno, cóbrame y que te den por culo".

- ¿Con qué lija?

- Abrasivo-tornera. La Willmaster servirá. Del ocho.

- No podrás.

En este punto, la discusión alcanza su punto de ebullición.

Honradamente, crees estar ante un ejemplo más de puteo innecesario por parte de un dependiente, como se dan tantos. Pero hay algo raro. La ferretería está llena de gente, pero no hacen ademán de protestar. Asisten silenciosos al debate. Pronto te das cuenta de que tú eres el único que piensas que aquello está pasando de castaño oscuro. Pero llega un punto en el que te ves salvado: tu vecino, el cliente que te precede, se revuelve nervioso. Se está cansando. Normal. Así que te callas y le dejas hablar. Dos minutos más tarde, estalla:

- Oye, oye. Pero, ¿eso no se arregla mejor horzando la remasilla con un subilinumi trilabial?

Cliente y dependiente miran al tercero con una especie de educado asco. Y, por primera vez, están de acuerdo:

- No se puede.

- Sí se puede.

- ¿Y si inundas el viramax del sifón?

El cliente 2 tiene una solución para lo del viramax. Todo es cuestión de espesar la remasilla con algún fluido demistolar. Ahora hay más posibilidades sobre la mesa. Pero nadie suda por ello, salvo tú. Así que esperas allí pacientemente los veinte minutos que se tarda en llegar a una solución de consenso, tras la cual el cliente no se lleva el perno Walter y sí, a cambio, la lija del ocho, tres subilinumi trilabiales (dos de reserva), medio litro de fluido demistolar, un fleje hesaxiscoidal nuevo que ha salido y una sandwichera que estaba de oferta. A esas alturas, aceptas ya como algo natural que el cliente que te precede, que ha ido a comprar quince clavos, consuma otros veinte minutos. Los pasa allí muy entretenido con el dependiente comparando puntas que tú jurarías son exactamente iguales, pero que son, al parecer, completamente diferentes.

Finalmente, llega tu turno:

- Quiero uno como éste.

- ¿Por qué?

Llevas allí casi una hora. Ya has aprendido que en una ferretería no se compra sin dar un motivo antes. El motivo es más importante que el dinero.

- Mi fluorescente no funciona.

- Pero, ¿no funciona al encenderlo, después de encenderlo, después de encenderlo y apagarlo y al volver a encenderlo…?

En tu interior, musitas "y a ti que te importa". Pero es que necesitas a ese cabrón. Tú no tienes ni zorra idea de fluorescentes y el tipo aquel de la bata azul es doctor honoris causa. Así que respondes al punto, como en el médico.

- Al encenderlo y apagarlo y encenderlo.

- Eso no puede ser.

Nuevamente, tu voz interior: "Pero, ¿es que tú también vives en mi casa, imbécil?"

- Si el cebador falla, entonces el contacto del interruptor hace masa y la corriente se polariza.

- Oh. ¿Y...?

El dependiente abre los brazos. Acabas de preguntar una obviedad.

- Pues... ¡coño! La luz no se enciende.

- Ya. Justo lo que pasa en mi casa, efectivamente.

- Pero no puede ser del cebador, porque si el cebador falla entonces la combustión de los gases se licúa por torsión.

- Creo haber observado que ha ocurrido eso precisamente.

- Pero no puede ser. Entonces, al darle al interruptor, la resistencia se asumiría y tendrías una subida de tensión que te cagas.

- No me la he tomado esta mañana.

Ahí es donde has conseguido cortar. Eso no lo ha entendido.

- El caso es que mi fluorescente no funciona.

- Haber empezado por ahí.

Lo matarías mientras lo ves desaparecer en la trastienda. Ya se acaba.

Pero, quiá. Aún queda un acto más. Asoma la cabeza.

- Oye, el cebador, ¿de cuantos watios?

- Positivo, negativo y neutro -te oyes contestar, mareado.

Al final trae el que le da la gana. Que es el que funciona, casualmente. Pagas y cuando te desprendes de tu dinero te sientes como el acusado injustamente de asesinato que paga la fianza para volver a la calle. Sales a la acera con tu paquetito, lo miras y te acuerdas de la cantidad de cosas en la vida tan importantes que has conseguido con mucho menos esfuerzo.

Y te preguntas: ¿por qué narices nacería yo tío?



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